Él estaba sentado en una mesa ubicada al lado del ventanal mas grande que tenia el
café, la esperaba contando minutos y cuidadosamente cambiaba la pagina del
periódico. No le impresionaba su retraso, ella siempre estaba atareada, y el sabia que aunque sea iba a detenerse cinco minutos dentro de su auto para maquillarse y salir con la mayor naturalidad. Entro, esta vez entro despampanante tal como una modelo de pasarela profesional, su larga y lacia cabellera castaña se
movía de un lado al otro por la forma en la que caminaba con tacones. Su silueta se
perdía un poco entre la poca luz que
había en el lugar, pero ella estaba como siempre,
parecía que el tiempo no hubiera pasado en su vida, estaba radiante, simplemente como a el le gustaba.
Se
sentó y lanzo una sonrisa, la mejor que
podía, sus dientes blancos perfectos eran admirables, y a él, no
había parte de su cuerpo que mas le gustara que su boca.
Ella era un arma de encantos, es verdad, pero
había algo... algo que le sacaba una extraña y
eufórica pasión de dentro de si, era como un amor a primera vista..
Pero ya estaban grandes, grandes como para tomarse las cosas a pecho, ya era tarde, tarde para lanzar un par de encantos hacia ella, ya los veranos en Punta del Este se
habían acabado, ya no
habían mas noches de luna llena en la playa acurrucados por el
frió y el viento donde él ofrecía su abrigo, acariciaba su cabeza y le quitaba el pelo de la cara..
Ese
día el se dio cuenta, que ella por mas de que exista en carne y hueso, es solamente un lindo y preciado recuerdo.
Fernanda Luis,
jeje, hace mucho no
escribía tanto.